Silencio

Cien páginas sobre lo que ocurre cuando no ocurre nada. O cuando ocurre todo.
Silencio

John Biguenet es novelista, dramaturgo y profesor en la Universidad de Loyola en Nueva Orleans. Escribe ficción, ensayo, teatro. Ha publicado en The Atlantic, Granta, Esquire. Nada en su biografía sugiere que sea un teórico del silencio, y quizá por eso este libro funciona: no llega al tema desde la academia del sonido ni desde la espiritualidad contemplativa, sino desde la escritura. Desde alguien que trabaja con palabras y se pregunta, con genuina perplejidad, qué hay en los espacios que las palabras dejan vacíos.

Silence pertenece a la serie Object Lessons de Bloomsbury, una colección de ensayos breves —alrededor de cien páginas— dedicados a objetos cotidianos. Que el silencio sea tratado como un objeto ya es, en sí mismo, la primera tesis del libro. El silencio no es una ausencia. Es una cosa. Tiene peso, tiene forma, tiene historia. Puede imponerse como castigo —el confinamiento solitario, la ley del hielo— o buscarse como lujo. Puede ser el instrumento definitivo del poder o su única grieta. Puede significar complicidad, reverencia, amenaza, descanso o crueldad, dependiendo de quién calle y frente a quién.

Biguenet avanza por meditaciones cortas que saltan entre registros con una libertad que solo los libros breves se permiten. En un capítulo examina la cámara anecoica —la habitación diseñada para absorber todo sonido— y el descubrimiento perturbador de que el silencio absoluto no existe: dentro de esa cámara, lo que se escucha es el propio cuerpo. El sistema nervioso. La sangre. John Cage entró en una y salió con la idea que lo llevó a componer 4'33'', la pieza en la que un pianista se sienta frente al instrumento y no toca una sola nota durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. La música, entendió Cage, no es lo que el compositor pone. Es lo que el silencio revela.

En otro capítulo, Biguenet se detiene en el silencio inquietante de las muñecas. En otro, en la historia de la lectura silenciosa. Un invento relativamente reciente; durante siglos, leer significaba leer en voz alta, y quien leía sin emitir sonido provocaba desconfianza. En otro, en el silenciamiento sistemático de las mujeres a lo largo de la historia occidental. En otro, en la tortura como el intento de forzar el silencio a convertirse en habla. Cada meditación abre un corredor nuevo en algo que parecía ser una sola habitación.

Hay un dato que Biguenet rescata de la historia estadounidense y que condensa el argumento mejor que cualquier abstracción: los hombres que redactaron la Constitución mandaron cubrir con tierra la calle frente al Independence Hall para que el ruido del tráfico no interrumpiera sus deliberaciones. El silencio, en ese gesto, no es confort. Es condición de posibilidad. Sin él, ciertos pensamientos no pueden formarse. Ciertas conversaciones no pueden ocurrir. Ciertos documentos no pueden escribirse.

El libro termina preguntando si el silencio es algo que debemos desear o temer, y si acaso la elección sigue siendo nuestra. En un mundo que produce ruido como subproducto industrial —donde el silencio se compra con auriculares de cancelación activa o con metros cuadrados en barrios alejados del centro—, la pregunta no es retórica. El silencio se está convirtiendo en un bien escaso. Y como todo bien escaso, se distribuye de manera desigual.

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