El valor de la atención

Hari no está pidiendo que apaguemos el teléfono. Está pidiendo que entendamos por qué no podemos.
El valor de la atención

Johann Hari es escritor y había leído toda su vida. En un momento dado se dio cuenta de que ya no podía sostenerse en una página durante más de unos minutos sin que la mente escapara. Había perdido la capacidad de concentrarse, y la pregunta que organiza este libro es si eso era un problema suyo o un síntoma de algo más amplio.

La respuesta que construye a lo largo de cientos de páginas y decenas de entrevistas con investigadores, científicos y pensadores es clara: no es un problema individual. Es una crisis colectiva, inducida por fuerzas que operan a escala industrial. La atención no se perdió. Fue robada.

El argumento central distingue entre dos tipos de explicación para la epidemia de distracción contemporánea. La primera, dominante en la cultura del bienestar, es individual: no tienes suficiente disciplina, necesitas meditar más, instala esta aplicación de bloqueo. La segunda, que es la de Hari, es estructural: vivimos en un entorno deliberadamente diseñado para fragmentar la atención, y culpar al individuo por no poder concentrarse es como culpar a alguien por ahogarse en una piscina en la que alguien vació el agua.

Lo más valioso del libro no es el diagnóstico —que comparte terreno con Newport o Han, aunque con menos rigor filosófico— sino la amplitud de sus causas. Hari va más allá de las redes sociales y los teléfonos. Habla de la privación de sueño como destructor sistemático de la concentración. De la dieta ultraprocesada y su efecto sobre la cognición. De la falta de juego libre en la infancia. De la cultura del trabajo que glorifica la multitarea y penaliza el pensamiento profundo. Del modelo económico que convierte la atención humana en mercancía. Cada uno de estos factores actuaría solo. Juntos, producen algo que se parece mucho a lo que muchas personas sienten pero no saben nombrar: la sensación de que el pensamiento se ha vuelto más superficial, más disperso, más difícil de sostener.

Es un libro periodístico más que filosófico, y se nota. Hari es un narrador eficaz, pero en ocasiones la acumulación de entrevistas y anécdotas personales ralentiza lo que podría decirse en menos páginas. Aun así, tiene una virtud que los libros más conceptuales sobre el mismo tema no siempre tienen: hace que el lector se sienta menos solo en su distracción, y más indignado ante sus causas.

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