Cómo no hacer nada

Jenny Odell es artista, profesora de arte digital en Stanford y usuaria activa de redes sociales. Conviene saberlo antes de leer Cómo no hacer nada, porque desmonta de entrada la sospecha más fácil: que se trata de otro libro escrito por alguien que puede permitirse desconectarse y les pide a los demás que hagan lo mismo. Odell no propone irse. Propone quedarse, pero mirando distinto.
El subtítulo original es más preciso que el título: Resisting the Attention Economy. La economía de la atención —el sistema que convierte cada minuto de percepción humana en un activo monetizable— es el adversario real del libro. No la tecnología en sí, no las redes sociales como herramientas, sino la lógica económica que las diseña para capturar atención y no devolverla. Odell no discute con las pantallas. Discute con el modelo de negocio que hay detrás.
Su propuesta es extraña para un libro de no ficción contemporáneo: no ofrece un programa, no enumera pasos, no promete resultados. Lo que hace es recorrer un territorio intelectual amplio y deliberadamente sinuoso —teoría del arte, Thoreau, Epicuro, Audre Lorde, el Bartleby de Melville, la historia de las comunas estadounidenses, la observación de aves— para llegar a una idea que parece simple pero tiene consecuencias profundas: hacer nada, en el sentido que Odell le da al término, no es inactividad. Es el acto de retirar la atención de los circuitos que la explotan y redirigirla hacia lo que está cerca. El lugar donde se vive. Las especies que lo habitan. El clima que lo atraviesa. La historia que lo formó.
Odell llama a esto "biorregionalismo": una tradición de pensamiento ecológico que propone identificarse con la región biológica que se habita en lugar de con las abstracciones del mercado o del estado. No como ideología, sino como práctica de atención. Observar pájaros, que es algo que Odell hace con devoción, se convierte en el libro en el ejemplo perfecto de esa práctica: una actividad que no produce nada, que no puede optimizarse, que exige presencia física y paciencia real, y que transforma silenciosamente la relación con el entorno.
Lo más interesante del argumento es lo que rechaza. Odell desconfía del escapismo tanto como del productivismo. Las comunas de los sesenta, los retiros de detox digital, las fantasías de irse al campo —todo lo que promete una salida limpia del sistema— le parecen insuficientes porque reproducen la lógica que pretenden abandonar. Lo que propone en cambio es una "resistencia en el lugar": quedarse donde se está, dentro de la economía de la atención, pero negarse a entregar toda la atención. Mantener una parte protegida. Dedicarla a lo que no tiene valor de mercado.
Hay un árbol en Oakland, una secuoya llamada Old Survivor, que sobrevivió a la tala masiva del siglo XIX porque los leñadores la consideraron inaccesible. Odell lo usa como imagen de esa resistencia: no se fue, no luchó, no se adaptó al mercado. Simplemente siguió ahí, haciendo lo que hacen los árboles, hasta que el mercado perdió interés. Es una metáfora imperfecta, como todas, pero ilumina algo que el lenguaje de la resistencia política suele perder: que a veces la forma más radical de oposición es la quietud.
El libro tiene problemas reales. Es digresivo por decisión y a veces por exceso. Las referencias se acumulan con una densidad que puede resultar fatigante. Y la posición de Odell —artista, académica, residente del Área de la Bahía— filtra inevitablemente el argumento. Pero hay una honestidad en esas limitaciones que otros libros del género disimulan mejor y dicen peor. Odell no finge tener la respuesta. Finge menos que casi cualquier autor en esta conversación.
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