Lo que el cerebro olvida cuando deja de leer
Maryanne Wolf llevaba treinta años estudiando el cerebro lector cuando descubrió que el suyo había cambiado. Una noche, después de un día entero frente a pantallas, intentó releer El juego de los abalorios de Hermann Hesse, un libro que la había marcado de joven. No pudo. Las frases le parecían demasiado largas. Los párrafos, demasiado densos. Su ojo se deslizaba por la página buscando la información central, como si estuviera escaneando un correo electrónico. Wolf, neurocientífica cognitiva y directora del Centro de Dislexia y Diversidad de UCLA, se dio cuenta de que los mismos circuitos neuronales que había pasado su carrera investigando se habían deteriorado en ella sin que lo notara.
Lo contó en Reader, Come Home (2018), un libro escrito en forma de cartas a los lectores, como si la urgencia del asunto requiriera la intimidad del género epistolar. Su argumento central es incómodo: leer no es una habilidad natural. A diferencia del lenguaje hablado, que el cerebro humano desarrolló durante cientos de miles de años de evolución, la lectura es una invención reciente —apenas cinco mil años— para la cual no existe circuito cerebral dedicado. El cerebro que lee tuvo que improvisar: reciclar áreas diseñadas para el reconocimiento visual, el procesamiento del lenguaje y la memoria, y cablearlas entre sí para crear algo que la evolución nunca previó. Ese circuito es extraordinariamente poderoso, pero también extraordinariamente frágil. Se construye con esfuerzo, se mantiene con práctica, y se degrada cuando se deja de usar.
Lo que Wolf llama "lectura profunda" no es simplemente leer despacio. Es un estado cognitivo específico que incluye pensamiento analógico, inferencia, reflexión crítica, empatía y lo que ella denomina "los procesos de comprensión que están debajo de la superficie de las palabras". Cuando alguien lee un párrafo complejo de Dostoievski o una argumentación filosófica de Martha Nussbaum, su cerebro no solo decodifica palabras: construye un mundo, evalúa motivaciones, anticipa consecuencias, se pone en el lugar de otro. Esos procesos no ocurren cuando se lee un titular, un tuit o un resumen. No porque esos formatos sean malos, sino porque son demasiado breves para que el cerebro entre en el estado que los activa.
La lectura en pantalla entrena un patrón distinto. Investigaciones en seguimiento ocular muestran que la mayoría de las personas leen páginas web en un patrón con forma de F: una pasada horizontal al principio, otra más corta un poco más abajo, y después un barrido vertical por el lado izquierdo. No es lectura; es escaneo. El cerebro en modo pantalla busca información: la fecha, el número, la frase clave, el dato que necesita para pasar a la siguiente cosa. Es un modo eficiente para ciertos propósitos, pero es el opuesto exacto de lo que hace el cerebro cuando se sumerge en un texto largo. La diferencia no es de grado sino de naturaleza: son dos operaciones cognitivas distintas, y la segunda está perdiendo terreno.
Los datos que llegan de todas partes lo confirman sin ambigüedad. Los resultados de PISA 2022, que evalúan la comprensión lectora de adolescentes de quince años en más de ochenta países, mostraron caídas de puntaje en la mayoría de las naciones participantes respecto a 2018. En el Reino Unido, solo el 18.7% de los jóvenes de ocho a dieciocho años lee a diario por placer, el nivel más bajo jamás registrado según el National Literacy Trust. En Estados Unidos, una encuesta de YouGov de 2025 encontró que el 40% de los adultos no leyó un solo libro ese año, y que el 19% de los lectores hizo el 82% de toda la lectura del país. En España, donde la cifra de lectores es más alta —el 65% declara leer al menos un libro al año—, las encuestas de hábitos muestran una caída sostenida de la lectura por placer entre los menores de treinta años. La Comisión Europea tituló un informe reciente con una pregunta que habría sido impensable hace dos décadas: "¿Se está extinguiendo la lectura?"
Lo que se pierde no es solo un pasatiempo. Wolf argumenta que los procesos cognitivos de la lectura profunda son los mismos que sostienen el pensamiento crítico y la empatía: la capacidad de considerar un argumento antes de reaccionar, de imaginar la experiencia de otro, de tolerar la ambigüedad. Una sociedad que deja de leer en profundidad no se vuelve más ignorante en un sentido cuantificable; se vuelve más rápida para juzgar y más lenta para comprender. Pierde la paciencia que requiere habitar el punto de vista de otro durante trescientas páginas. Y esa paciencia, una vez perdida, es difícil de recuperar, porque el circuito que la producía necesita exactamente lo que la persona ya no tiene: tiempo, silencio y un texto que no se pueda escanear.
Hay un detalle que suele pasarse por alto en la discusión sobre formatos: la gente que lee en dispositivos electrónicos también lee, en su mayoría, libros impresos. El libro de papel no ha sido reemplazado por el e-book; representa todavía el 65% de la actividad lectora en los mercados donde se mide. Lo que desplazó a la lectura no fue el Kindle sino el teléfono. No fue un formato de lectura mejor el que ganó; fue un formato de no-lectura —el scroll, la notificación, el video de treinta segundos— el que ocupó las horas que antes llenaban los libros. La investigación es consistente en todas las regiones: el tiempo dedicado a medios digitales subió en proporción inversa al tiempo dedicado a la lectura por placer. No es que la gente eligiera dejar de leer. Es que algo más ocupó el espacio, y la lectura, que requiere esfuerzo para empezar y silencio para sostenerse, no pudo competir con estímulos diseñados para no requerir ninguna de las dos cosas.
Un dato menor que dice mucho: seis minutos de lectura bastan para reducir los niveles de estrés en un 68%, más que caminar, escuchar música o tomar un té. La lectura no solo entrena el pensamiento; regula el cuerpo. Y sin embargo, el tiempo promedio que una persona dedica a leer por interés personal en los países donde se mide ronda los quince minutos diarios —una cifra que lleva años estancada mientras el consumo de medios digitales no para de crecer—.
Wolf propone lo que llama un "cerebro bilectúrico": la capacidad de alternar entre el modo de lectura digital (rápido, eficiente, superficial) y el modo de lectura profunda (lento, inmersivo, reflexivo), sin que el primero destruya al segundo. Es una idea esperanzadora, pero exige algo que la cultura contemporánea rara vez ofrece: la decisión consciente de sentarse con un libro, sin teléfono al lado, durante un tiempo suficiente para que el cerebro cambie de modo. No treinta segundos. No cinco minutos. Lo suficiente para que las frases largas dejen de parecer un obstáculo y empiecen a parecer un paisaje.
Quizá lo más revelador de la confesión de Wolf no sea que una experta en lectura haya perdido parte de su capacidad lectora. Es que la recuperó. Releyó a Hesse, esta vez despacio, obligándose a volver al inicio de cada párrafo cuando su atención se escapaba. Las primeras páginas fueron difíciles. Las siguientes, menos. Al cabo de unas semanas, el circuito se había reactivado. El cerebro lector no había muerto; estaba dormido. Necesitaba, para despertar, exactamente lo mismo que un lector necesita para empezar un libro: la decisión de no hacer otra cosa.
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